Piedad Córdoba participa en la Conferencia Mundial de los Pueblos en Bolivia

Durante los días 20 y 21 de junio en la ciudad de Tiquipaya, en el departamento boliviano de Cochabamba, se celebrará la Conferencia Mundial de los Pueblos, que tienen como objetivo la discusión de la construcción de una ciudadanía universal ‘Por un mundo sin muros’.

En el evento se reunieron diferentes personalidades políticas como los expresidentes iberoamericanos de Ecuador, Rafael Correa, y de Paraguay, Fernando Lugo; así como el español José Luis Rodríguez Zapatero. y el secretario de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), Ernesto Samper.

Ademas, en esta participó la presidenta de Poder ciudadano, Piedad Córdoba Ruiz, quien manifestó conocer el precio que tiene levantar la voz en defensa de los que más necesitan la protección de sus derechos. A continuación presentamos su ponencia completa:

CONFERENCIA MUNDIAL DE LOS PUEBLOS

 POR UN MUNDO SIN MUROS

HACIA LA CIUDADANIÍA UNIVERSAL

 TIQUIPAYA, COCHABAMBA, 20 Y 21 DE JUNIO DE 2017

INTERVENCIÓN DE LA DOCTORA PIEDAD CÓRDOBA

 Foto: Natalia Castro – Poder Ciudadano

Buenos días a todos y a todas. En primer lugar, quiero agradecer enormemente al Comité Organizador por la invitación a participar en esta Conferencia Mundial de los Pueblos que hoy nos convoca a reflexionar y a debatir Por un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal. Como muchos de ustedes saben toda mi vida he sido y soy una luchadora en pos de la defensa de los Derechos Humanos. Conozco perfectamente el precio que tiene levantar la voz en defensa de los que más necesitan la protección de sus derechos. A pesar de todas las adversidades que me tocó afrontar, mantengo firme mis convicciones porque estoy segura de que entre todos podemos construir un mundo mejor, un mundo que no le dé la espalda a ningún ser humano, por el solo hecho de serlo.

Como todos ustedes saben, el conflicto armado en Colombia es una herida abierta que recién ahora, tras muchísimo esfuerzo y con mucho empeño estamos empezando a curar. Los procesos de paz en los que hasta hace unos años nadie creía hoy son una realidad, pero no está todo dicho, sabemos que las conquistas hay que defenderlas. La implementación de los acuerdos enfrenta muchos desafíos, pero aquí estamos, seguimos defendiendo la paz como el primer día, cuando nadie creía que sería posible, porque tenemos la firme convicción de que es el único camino para superar los problemas que hoy tiene Colombia.

Afortunadamente en mi país está llegando un nuevo tiempo histórico. En el horizonte, en mayo de 2018, se perfilan unas elecciones presidenciales que van a ser claves para este nuevo devenir político porque van a ser las primeras elecciones en muchas décadas en el marco de la paz. Y estamos convencidos de que solo en un Estado donde las diferencias políticas se diriman a través de la palabra, y no de la violencia, podremos plantearnos el cambio que Colombia necesita. El miedo por fin está cediendo el paso a la esperanza. La apatía se está volviendo optimismo. La desilusión se torna ilusión, y es una oportunidad histórica para impulsar el cambio que ponga fin a la desigualdad y la exclusión social.

Por eso para comenzar esta intervención quiero referirme a un aspecto muy importante y que me toca muy de cerca de este tema que hoy estamos debatiendo. Es el que tiene que ver con aquellos migrantes que se ven forzados a desplazarse por razones ajenas a su voluntad.

El último informe anual de ACNUR, que analiza el desplazamiento forzado en todo el mundo, arroja que a finales del año pasado 65,6 millones de personas se encontraban desplazadas. Sólo en 2016, 10,3 millones de personas se convirtieron en nuevos desplazados por los conflictos o a la persecución. Se trata de, en promedio, 20 personas por minuto que se vieron obligadas a huir de sus hogares y buscar protección en otro lugar, ya sea dentro de las fronteras de su país o en otros países. Además, ACNUR calcula que al menos 10 millones de personas eran apátridas a finales de 2016, seres humanos sin derechos, a quienes ningún Estado considera destinatario de la aplicación de su legislación. Esto tiene que cambiar.

En lo que refiere a mí país, la nueva Colombia que debe surgir de las próximas elecciones tiene el desafío ineludible de tender la mano y dar respuesta a los millones de ciudadanos y ciudadanas que tras seis décadas de conflicto armado se vieron forzadas a realizar desplazamientos internos. Según ACNUR se trata de 7,4 millones de desplazados internos, un triste record. Y, a pesar de que las cifras oficiales hablan de un número menor, calculamos que al menos otros cinco millones de personas viven fuera del país, muchos de ellos huyeron víctimas de la persecución y recién ahora pueden empezar a pensar en volver, otras fueron expulsadas por motivos económicos, porque su propio país les niega la posibilidad de estudiar, de tener un trabajo digno, de progresar y desarrollar sus proyectos de vida cerca de sus familiares y sus afectos.

Lo que sucede es que, como ustedes saben, hay dos Colombias. La Colombia de las estadísticas oficiales que auguran crecimiento y éxito económico y que es aplaudida en los foros del neoliberalismo internacional, y hay otra Colombia. La Colombia real, el país de millones de personas que viven en la incertidumbre porque sus salarios no les alcanzan al final de mes; incertidumbre sobre qué futuro tendrán sus hijos y sus nietos; incertidumbre porque si se enferman no pueden contar con una atención sanitaria que le garantice su derecho a la salud… La mayoría de los colombianos y colombianas llevan demasiado tiempo esperando por un país donde poder desarrollar un proyecto de vida no sea una utopía, donde la incertidumbre no sea el estado habitual.

Mi aspiración es que la nueva Colombia que ya estamos empezando a construir se sume a los esfuerzos de los países que levantan hoy, en un mundo cada vez más deshumanizante, las banderas de los valores de la solidaridad y la humanidad. Es momento de entender que el ser humano es más importante que el capital.

Desgraciadamente, desde que arrancó el nuevo siglo hemos sido testigos de un cambio importante en la geopolítica y en la geocultura a partir de los acontecimientos del 11S del 2001. Este cambio reforzó el imaginario del “otro” como amenaza sustentado en las ideas de ciertos pensadores que propusieron la tesis del “choque de civilizaciones”[1]. En palabras sencillas, proponían que para evitar los conflictos y las amenazas era necesario evitar -en la medida de lo posible- el contacto con los no occidentales. Y así se empezó a llenar de estereotipos y estigmas a esos ‘otros’, sobre todo los del otro lado del mundo, empezando por criticar sus creencias religiosas y sus sistemas políticos.

En las grandes potencias a la par que se solidificaba la preocupación por los terroristas, los migrantes y los refugiados (todos en un mismo saco) se fueron reforzando los discursos neo nacionalistas que calaron muy bien en las tarimas de ciertos políticos conservadores. Empezaron empezaron a cuestionar los procesos de integración subregional responsabilizándolos de la afluencia masiva de esos “otros”, los migrantes. Comenzaron a levantar muros jurídicos y burocráticos para impedir asistir al derecho de esos migrantes a elegir su país de residencia. La salida de Inglaterra de la Unión Europea es un ejemplo de ello, y también lo es la llegada de Trump y sus discursos no solo anti inmigrantes, sino también amenazantes hacia toda la región latinoamericana.

Todo esto ha dado paso a la construcción en el siglo XXI de Estados-Nación que cada vez más se parecen aquellas fortalezas amuralladas de antaño. Según un estudio realizado por la Universidad de Quebec en el mundo contemporáneo existen más de 70 países que han levantado algún tipo de construcción en sus fronteras para impedir el paso de inmigrantes, terroristas y cualquier tipo de amenaza a su seguridad nacional. El país que más muros ha levantado es Israel, en total 6 en sus fronteras con Egipto, Jordania, Franja de Gaza, Cisjordania, Siria y Líbano. Sigue Irán que tiene 4 murallas que le separan de Irak, Afganistán, Paquistán y Turquía. Otros países que han construido muros en los últimos años son Arabia Saudita, China y más recientemente Austria y Hungría. En América como sabemos está el muro que separa Estados Unidos de México, construido durante la presidencia de Obama, y la ampliación que propone el actual presidente quien acaba de enviar un proyecto de ley para poner un impuesto del 2% a las remesas para seguir su ampliación y el que levantó México en su frontera con Guatemala.

Pero no sólo existen los muros de ladrillos. A esos se suman los muros jurídicos y burocráticos que les mencionaba antes y también los muros simbólicos, que probablemente sean todavía más duros y difíciles de franquear que los muros de cemento.

Los niveles de intolerancia, temor, rechazo y odio hace cualquier tipo de “otro” diferente a nosotros cada día va más en aumento a nivel planetario. El fundamentalismo cultural se ha convertido en el paradigma dominante y basta una mínima chispa para iniciar un incendio. Las tesis que defienden la multiculturalidad, la interculturalidad y la hospitalidad al parecen no tienen cabida en las grandes potencias en este siglo XXI. Y todos sabemos a dónde nos ha llevado en el pasado esas ideas que se empeñan en negar la humanidad del otro.

Afortunadamente hoy desde Bolivia, desde Tiquipaya renace la esperanza de que OTRO MUNDO ES POSIBLE a partir de la propuesta de ciudadanía universal.

Plantear el concepto de ciudadanía universal implica un cuestionamiento de la división del mundo en Estados-nación, implica cuestionar la existencia de fronteras divisorias entre pueblos. Implica cuestionar el derecho de sangre y derecho de suelo (ius sanguinis y ius solis) como únicos mecanismos para adquirir ciudadanía y formas de pertenencia. Implica retomar la idea de comunidad, hermandad, hospitalidad y bien común para todos los hijos e hijas de la pacha mama.

Pensar una ciudadanía universal implica de manera tácita el concepto de comunidad, pero una comunidad imaginada a escala planetaria. La ciudadanía universal nos invita a pensar y a construir esos nuevos lazos, nuevas subjetividades, nuevas cosmovisiones y sentidos de ser “nosotros” sujetos de derechos a escala planetaria, reconociendo la diversidad, reconociendo que somos un “planeta plurinacional” como propone el Presidente Evo.

Estas propuestas requieren de nuevos lentes teóricos y políticos que superen la visión clásica de ciudadanía anclada en lo nacional. De ahí la necesidad de nuevos paradigmas para desnacionalizar la ciudadanía y relocalizarla a nivel global y local a partir de retomar el ius domicile, es decir al reconocimiento de los derechos a todas las personas en su lugar de residencia.

Pero atención, proponer una ciudadanía universal no es propugnar por la destrucción de los estados; tampoco significa ignorar los procesos históricos de conformación de elementos de identificación nacional; mucho menos niega la responsabilidad ineludible de los gobiernos en la generación de condiciones propicias para un ejercicio de derechos pleno e integral de todos quienes se encuentran en «su territorio soberano».

Proponer la ciudadanía universal significa demandar que se reconozca en la mesa del debate intra e internacional que la razón de ser de las estructuras sociales, políticas, económicas, trátese del nivel territorial que sea, es el ser humano –intrínsecamente social, según nos lo recordaba repetidamente Hanna Arendt–. Ser humano cuyos derechos son inalienables y no deben estar condicionados por visiones mercantiles de la ciudadanía, las cuales sólo reconocen la humanidad de aquellos que cumplen ciertos requisitos prefigurados desde una lógica no humanitaria.

Desde Bolivia, en la Conferencia Mundial de los Pueblos por un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal demandamos el reconocimiento de derechos para todas las personas migrantes en todos los espacios geográficos y sociales en los que se encuentren.

¡Muchas gracias!

 

 

[1] Primero artículo (1993) y luego libro (1996) del politólogo americano Samuel Huntington, donde sostiene que luego de la guerra fría las relaciones internacionales se organizarán en torno a conflictos no entre Estados sino entre culturas (civilizaciones). Esta cuestionada tesis tomó mucho impulso con el giro de la política exterior de EEUU tras los atentados de 2001. La crítica más fuerte a la tesis de Huntington es la peligrosidad que supone el uso de las etiquetas “occidente” vs “islam” lo cual funciona para justificar la “defensa” de Occidente y simplificar el esquema legitimando el aniquilamiento del otro.

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