Moñona Afro en los Óscar.

Por Lisandro Duque Naranjo.

El Óscar otorgado como mejor película a “Moonlight”, luego de una confusión que por unos minutos daba como ganadora a “La La Land”, que literalmente no le llegaba ni a los tobillos, marca un hito en la cinematografía estadounidense. En efecto, como la edición de los Óscar del año anterior había desairado de las nominaciones a los cineastas afros–estadounidenses,   en todas las modalidades,  la comunidad afro hollywoodense había hecho pronunciamientos muy justos contra esa exclusión. Y funcionó la protesta, lo suficiente como para que este año la africanía gringa  fuera reconocida por la academia  con creces, no por primera vez, hay que decirlo.

Pero tampoco es que desde los orígenes del cine, o digamos que de Hollywood, la representatividad de la negritud hubiera sido equilibrada, al menos en la pantalla, pues en tramoya, carpintería, y oficios manuales duros, la mano de obra de los negros siempre fue fundamental. Ya en lo artístico era otra cosa. Para no ir muy lejos, “La Cabaña del tío Tom” tuvo como actor  a un blanco al que le embetunaban el cuerpo, lo que igualmente ocurría con los indígenas norteamericanos. De modo que  los negros solo eran utilizados como figurantes sin diálogos, o máximo, como músicos, o esclavos, o soldados, o camareros, o boxeadores. En cuanto a las  mujeres de esa etnia, no pasaban del papel de sirvientas. Calladitas, o muy pintorescas y hablantinosas, como se recordará a la sirvienta de Scarlett O´Hara en “Lo que el viento se llevó”: la actriz afro –en esa época no se usaba ese prefijo–, Hattie MacDaniel, quien fue la primera actriz negra en obtener ese premio, en 1940.

Desde luego que esos eran los roles a los que ellos, en la vida  real, estaban relegados. Pero no por eso es aceptable que nunca nadie haya intentado  contar una historia sobre la cotidianidad de sus existencias en la casa, la familia, el trabajo.

El actor negro Sydney Poitier, de origen haitiano, fue el primero que tuvo un nivel de protagonismo en la primera mitad del siglo XX  en las películas gringas. Pero siempre sus personajes sobrellevaban un karma de subalternos. Recuerdo una película en la que un personaje de Poitier se casa con una mujer rubia y guapa. Pero  ciega.

Fue necesario que la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana se coronara con una ley antidiscriminación en 1968, para que comenzaran a ponerse en evidencia los talentos de los cineastas negros. Claro que debió haber antecedentes culturales de personalidades fulgurantes, no del mundo fílmico, como Cassius Clay, Ángela Davis, Malcolm X, Martin Luther King, en esa década libertaria de los sesentas, para entender  el boom posterior de estrellas de la dirección, la actuación, el guión, etc., como Harry Belafonte, Morgan  Freeman, Denzel Washington, Danny Glover, Forrest Whitaker, Halley Berry, Whoopi Goldberg, Will Smith, Eddie Murphy, Samuel L. Jackson, y por supuesto Spike Lee.  Ya es una conquista que al enumerarlos, uno tenga que agregar “entre otros”. Y que en esa lista se  contabilicen varias estatuillas.

Las últimas de éstas, las obtuvieron el domingo pasado Viola Davis, por “Fences”, aparte de que por la misma película estuvo nominado también su director y protagonista Denzel Washington.  Igualmente tuvo nominación Octavia Spencer, por “Figuras ocultas”. Y Ruth Negga, por “Loving”. “Moonlight”   merece glosa especial, pues le raponeó en el último instante el “Óscar” de  mejor película a la muy cacareada “La La Land”. “Moonlight”, es una película sobre la soledad de un niño negro homosexual, siempre matoneado por sus compañeros de colegio,  igualmente afros, pero también por su propia mamá, la actriz Naomi Harris, otra nominada.  Dos minorías discriminadas en un solo personaje. Para no decir que tres, pues estamos hablando de un niño. En cuanto al actor negro Mahershala Alí, quien hace el papel de adulto protector  de ese niño,  en la vida real es musulmán, algo que en estos tiempos es bastante arriesgado en Estados Unidos.  La moñona fue completa.

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