La candidata mágica

Conocí a Piedad Córdoba (siempre el nombre con apellido) en un congreso internacional de comunicación política en Cartagena de Indias. Allí todos éramos asesores de comunicación y consultores políticos. Yo estaba en el plató de una televisión a punto de grabar una entrevista cuando me pidieron muy amablemente que dejase mi turno a una política colombiana que tenía algo de prisa. Ella era la noticia del día porque acababa de anunciar su candidatura a la presidencia de su país. Sin el menor problema me retiré a esperar, intrigada por la situación; cuando apareció esa mujer llena de poder, arrasando en el clima de desorden del estudio improvisado. Inundaba con su atuendo de gasa a rayas, su turbante espectacular, su maquillaje, sus uñas acariciando las teclas del teléfono del que no se separó ni dejó de mirar hasta que empezó la entrevista. En el plató, se levantó cierto revuelo que detecté entre los técnicos. En pocos minutos se podía deducir que despertaba pasiones: rendidos seguidores y detractores sin paliativos. Y, mientras, yo pensaba: “madre mía, esta mujer en la reunión de presidentes de la Cumbre Iberoamericana” La imaginé organizando a los dirigentes en sus lugares de la mesa.

Atendí a cada una de sus palabras en modo de asesora electoral: su nube de palabras era “pueblo”, “claridad”, “fuerza”, “derechos”, hartos”, “proyecto”, “grande”, “Colombia”, “mío”. La montaña rusa de sus palabras subía y bajaba para arremeter contra la corrupción y la irresponsabilidad, y para ofrecer la mano maternal en la que podía caber todo un pueblo. Ya ven que me venció. Me fascinó aquella mujer literaria y poderosa. ¿Podría tocarla? Y de golpe, “¿qué opina de los asesores en campaña?” Y respondió algo así como “no me interesan, no quiero a alguien que me diga qué tengo que hacer, ni qué debo decir, ni cómo”. Definitivamente, para mí, sería imposible tocarla tras semejante juicio sobre los de mi profesión.

Me acerqué a Piedad Córdoba que se deshacía hábilmente, como si lo hiciera a cada rato, de su micrófono de petaca. En dos gestos se lo entregó al equipo técnico. Sin pensar, como ante una aparición, me acerqué en flotación haca ella, impelida por mis lecturas del realismo mágico y especialmente por El amor en los tiempos del cólera. Le tomé las manos, como para recibir el espíritu de Macondo y del dios del valle del Cauca, y le dije: “Piedad, estoy tan de acuerdo contigo en lo que dices sobre los asesores… Nunca dejes que nadie te diga lo que tienes que hacer o decir. Sólo deja que ellos muestren lo buena candidata que eres.”

Estos días ha estado en España y ha visitado humilde los monumentos que más le acercan con los dioses, ha compartido mesa y mantel con los líderes de la izquierda, arrebatadora y rocosa, femenina hasta el último poro, maternal con todo aquello que le huele a pueblo.

Su principal atributo es la fortaleza y su feminidad singular. Es imposible abstenerse con ella, o es Sí o es No. Ese problema en un campaña se vuelve oportunidad porque los del No a Piedad deben encontrar otro candidato que les compense renunciar a este imán electoral que es ella. Su trabajo de redes, de ella misma y de su ejército cada vez mayor de seguidores movilizados y aconsejados por lo mejor del Podemos “sí se puede”, han conseguido que se hable de su visita a España incluso en las horas de la madrugada colombiana. Que no se hable de otra cosa. En sus perfiles de twitter e instagram Piedad abraza, conforta, pisa el suelo, comparte, ayuda, vive. La candidata diosa toma forma en su faceta humana.

Déjenme que les confiese que no todos los días, ni en los años de una vida de asesor se encuentra a un candidato tan especial, tan mágico. Los detalles de su biografía, brutales y provacadores, no son nada comparados con su “animalidad” política. Ya de vuelta a Macondo, Piedad Córdoba aspira a ser la matriarca que siempre fue con su familia, la familia colombiana.

Por: Imma Aguilar Nàcher / eldiario.es

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